Llévame por calles de hiel y amargura,
ponme ligaduras y hasta escúpeme.
Échame en los ojos un puñao de arena,
mátame de pena, pero quiéreme.
En lo que va de año, el total de mujeres víctimas mortales de violencia contra la mujer en España son 53 y, de ellas, 13, casi la cuarta parte, lo fueron en territorio andaluz. Pero esas 53 mujeres asesinadas a manos de su pareja dejaron otras víctimas, 31 víctimas de unos asesinatos que sobrevivieron al mismo pero que vivirán siempre con el recuerdo de que su madre murió a manos de un maltratador. De esos 31 huérfanos, 6 viven su dolor en Andalucía.
Un dato muy curioso y que pone de manifiesto que resulta ya del todo inadmisible por más tiempo, -como se ha hecho durante muchos años incluso por psiquiatras de reconocido prestigio-, justificar esas agresiones contra las mujeres en enfermedades psíquicas de su agresor, es que de los 53 agresores autores de tales asesinatos, sólo 6 llevaron a efecto y consumaron su posterior suicidio, 7 tuvieron tentativa pero no lo hicieron y 40 asesinos ni tan siquiera lo intentaron.
Uds. dirán que todo esto queda reducido a cifras y que cuando nos acostumbramos a escuchar a diario noticias de esta índole, es como si, poco a poco, nos fuéramos haciendo a ellas como algo, si no normal, habitual. Pues bien, luchar y atajar esa inactividad de consciencias ciudadanas es la tarea que el Partido Andalucista se impone como prioridad absoluta.
Porque entendemos no bastan manifestaciones silenciosas ni actos populares de repulsa, porque hasta esos gestos de protesta, por su habitualidad, los hemos cotidianizado. Y es que, cuando la agresión física se produce, con o sin resultado de muerte, quién tiene en sus manos cambiar el rumbo de esta situación, tiene ya poco que hacer, salvo apoyar a las víctimas si han logrado sobrevivir al ataque y asesorarlas para que pierdan su miedo y denuncien.
La labor que el Partido Andalucista se impone como deber inaplazable, parte de momentos muy anteriores. Para erradicar esa violencia física y psíquica, hay que enseñar a la mujer andaluza, desde niñas y después en su adolescencia, a distinguir y discriminar aquéllas actitudes machistas que las discriminan, rebajan su cualidad humana y les hacen perder su autoestima, advirtiéndoles y dejándoles muy claro, que en muchas ocasiones, esas actitudes pueden venir no sólo de un hombre, sino de otra mujer.
Porque no podemos obviar que son las mujeres andaluzas, en un porcentaje demasiado alto y contradictorio con la tan traída y llevada Ley de Igualdad, las que educan en el hogar a sus hijos e hijas. Si esos niños y niñas reciben de sus madres, abuelas, tías, etc instrucciones que les presentan ciertos comportamientos en los hombres como normales, o que les otorgan, por ser de uno u otro sexo, determinados roles societarios, esas niñas y niños terminarán por asumir como ciertas e incuestionables tales enseñanzas y seguirán transmitiendo las mismas de generación en generación.
El Partido Andalucista se propone como objetivo prioritario intervenir directamente en la raíz del problema, en la misma etapa educativa, exigiendo a los poderes públicos el establecimiento de medidas que faciliten un control exhaustivo en los Centros Formativos de todos los niveles educacionales sobre conductas del alumnado de índole machista o violenta contra la mujer, así como impongan la obligatoriedad a dichos Centros y al Profesorado de denunciar las actitudes de violencia física, verbal y psíquica que observen, para así facilitar la investigación de posibles comportamientos en el hogar que a ese alumno le estén sirviendo de modelo de conducta.
Y es que esa violencia física que tanta repulsa nos causa, siempre, sin excepción, va precedida durante mucho tiempo de una violencia psíquica silente. Un maltrato reiterativo y machacante, como si de una gotera se tratase, contra la autoestima de la maltratada. Ese es el que hay que atajar, contra el que hay que luchar y en el que estamos obligados a intervenir. Pero para prevenirlo, para impedir que se produzca, hay que enseñar a nuestra niñas, a nuestras adolescente y a nuestras mujeres andaluzas, a saber reconocerlo, a no disculparlo y, sobre todo, a no terminar creyéndose esas críticas que muchos hombres van a utilizar con el único objetivo de someterla y conseguir hacerlas sentirse culpables de ser mujeres.
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